Atrevióse un día
una bella dama
a abrir, del balcón,
esa puerta cerrada.
Asomó su cabecita
con muy excitante temor.
El sol pellizcó sus mejillas
con su suave resplandor.
Entornó sus delicados párpados
ante la calidez de la luz.
Y por su frágil cuerpo comenzó,
lentamente,
a crecer la inquietud.
¿Por qué no dar un paso más?,
su conciencia preguntó.
Y sin esperar respuesta,
la ansiosa muchacha unos pasos avanzó.
Ya en la baranda,
temerosamente apoyada,
acarició la madera
para sentirse acompañada.
Escuchó entonces el bullicio
que en las calles vivía,
Y, siguiendo su sonido,
descifrar sus mensajes quería.
Miró de un lado al otro,
guiada por su curiosidad.
Otros parecidos a ella se movían,
por aquí y por allá.
Unos reían entre ellos,
otros serios muy solos caminaban.
Otros pegaban sus cuerpos y besándose se abrazaban.
Mil emociones surgieron
atropelladamente en su alma.
Mil ideas en su cabeza perdieron, al nacer, la calma.
Y su corazón agitado
bombeaba sin descanso.
Y en su vientre mil serpientes
olvidaron su letargo.
Supo entonces
que muchos momentos había perdido,
por seguir sus miedos,
por escapar a lo desconocido.
Quiso mezclarse con todos ellos.
Compartir sus risas y consolar sus sufrimientos.
Entró a su morada y allí
buscó un libro y una canción,
que hablaran sobre ella
y sobre su vida interior.
Bajó entusiasmada la escalera
sin pensar en tropezar.
Y alcanzando ya la puerta,
la abrió de par en par.
El aire fresco de la mañana
de nuevo su frente besó.
Más antes de cruzar el umbral,
un consejo a sí misma regaló:
-¡No cierres del todo la puerta,
un refugio has de tener!.
¡Comparte tus alegrías con ellos!,
pero tus penas…
tus penas vuelve aquí para esconder!

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