Volar libre

Escrito por en Divagaciones

Hace tiempo escribí ésto que dejo a continuación. Hoy lo traigo por el mero hecho de querer sentir que se puede volar libre; de encontrar entre esas líneas las fuerzas necesarias para levantar el vuelo y encontrar el camino en la niebla que vuelve a cernirse sobre mi oscuro corazón. Quiero probar a escribirlo nuevamente, a plasmarlo en papel y dejarme llevar.

Hoy quiero revivir las sensaciones que me dejaban un alma inquieta y un lápiz ágil. Hoy necesito volar entre las líneas de mis relatos imaginarios para sentirme por fin libre de espíritu…

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Tuviste un sueño en el que volabas libre, siempre buscando tu destino. Alzaste las alas majestuosas; levantaste el vuelo, te separaste de tu bandada y fuiste hacia el horizonte; sin mirar atrás, sin pensar en distancias ni en tiempos, siguiendo sólo las órdenes de tu corazón. Con cada batir de tus alas te acercabas más a tu sueño, y tu corazón latía cada vez más fuerte. En el camino, un mundo de nuevas sensaciones te daban nuevas y renovadas fuerzas. Al fin parecías controlar tu destino; al fin creíste que algo bueno y diferente sucedía en tu vida… y te sentiste feliz. Desbordabas alegría, juventud, pasión; por momentos, desfallecías, pero ese nuevo sol te calentaba y te hacía continuar. De noche, en los momentos más oscuros, tu luna te iluminaba, y en el horizonte, siempre, la estrella… esa estrella que te guiaba.

No te diste cuenta que a fin de cuentas eras sólo un pájaro en un mundo de pájaros; que has de permanecer en la bandada; que no se te permite volar libre. No te diste cuenta que el horizonte es inalcanzable; de que hay distancias y tiempos que no se pueden solventar; de que en este mundo el pensamiento y el destino pueden más que el corazón y los sentimientos.
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Amor bajo la luna

Escrito por en Poesías

Me dice la luna con su mirada serena y oscura
que la noche siempre me acompaña,
que los sueños me llevan preso de locura
de un amor desconocido, oculto en mis entrañas.

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Lazos de amor eterno

Escrito por en Relatos

Hoy

Esperaba ansioso que dieran las 7 de la mañana. Como cada día, desde hacía meses, Carlos se había escondido tras los rododendros para poder verla. Con las primeras luces mañaneras, dibujada su silueta contra la bahía de Málaga, en la Torre de la Vela, aparecería ella: su imagen soñada; la dueña de sus sentimientos.

No sabía de donde venía; ni quien era, ni siquiera cómo conseguía entrar en la Alcazaba cuando él aún ni había abierto. Pero parecía tan sola, tan triste…

Como un fantasma, la figura de la chica apareció de entre los setos. Con su habitual semblante frágil y dulce, encaminó sus pasos hacia la Torre, y allí, absorta, inconsciente de las miradas de Carlos, abrió el pequeño libro adornado con ribetes de oro y se puso a leer. Ese libro la acompañaba día tras día; parecía ser su único amigo; el único consuelo para una vida atormentada.

Carlos, tan tímido él, permanecía escondido, asustado de aquel primer contacto que tanto su corazón como su cuerpo le pedían. ¿Miedo? Realmente no sabía si era miedo a vencer su timidez o lo era a perder esa visión irreal; a perturbar su paz, a ser rechazado, a estropear el sueño de tantos meses… pero no podía estar eternamente así.

Aquella pequeña distancia que los separaba le parecía una inmensidad. Le pesaban las piernas, le temblaban las manos, pequeñas gotitas de sudor le perlaban la frente. Aún así, salió de su escondite y como en un sueño, sintió que sus pies se movían lentamente.

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Plasmando en fotos un recuerdo

Escrito por en Fotos

recuerdo-de-un-momento

Los momentos vienen y van pero los recuerdos siempre permanecen. Quizás este pensamiento no sea mío; quizás sean tantos otros como yo los que en algún momento de su vida lo hayan expresado antes. No lo sé; sólo sé que es cierto, que hay instantes que sabes que siempre permanecerán contigo. Y éste es uno de ellos.

Sólo me ha bastado un instante de paz, de sol y un hermoso parque en París en el que estar contigo para pasar un buen rato con la mente perdida en mis propios pensamientos. Sólo sé que aquí y ahora he necesitado tomar la cámara, mi amiga y compañera de fatigas viajeras, y plasmar cuanto me rodea en este preciso momento.

Estas cinco imágenes quedan en la cámara, sí, pero estarán para siempre guardadas en algún rincón de mi memoria.
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¿Para qué?

Escrito por en Poesías

¿Para qué el sonido del mar,

el tacto de la arena mojada de la playa,

el gusto marinero de mi Málaga natal,

las vistas que ofrece la ciudad,

o el olor del Mediterráneo?

¿Para qué?…

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Sucedió en un tren

Escrito por en Relatos

Un tremendo dolor de cabeza martilleaba sus sienes, y aquel ruido machacón de las bielas del tren moviéndose frenéticamente no hacía sino empeorarlo. Abrió los ojos lentamente, pero no pudo enfocar claramente a su alrededor. Un flash, un dejavú lo asustó: luces de neón, rojas, verdes, azules; una paleta de colores que por un instante le cegó.

Con trabajo abrió la puerta de aquel compartimiento, y salió al pasillo del tren. Extrañado y con paso tambaleante, se dirigió hacia la ventanilla del pasillo, justo enfrente del compartimiento. Aparte del ruido de fuera, el interior estaba dominado por una calma extraña, un silencio casi sepulcral que le ponía los pelos de punta. Miró hacia la derecha, luego hacia la izquierda: nadie. Apoyado en el poyete de la ventanilla observó los cipreses que pasaban velozmente frente a la ventanilla y el anaranjado del cielo que se cernía abrumador sobre la línea del horizonte en aquel atardecer pesado.

Por un momento, incluso, allí a lo lejos, pareció ver cómo se alejaban las siluetas de los edificios de una gran ciudad, y entre ellos, asomando majestuosa, le pareció ver el corte puntiagudo de la Torre Eiffel.”¿París?”, pensó. “No, es imposible. Algo está mal. Creo que no debería estar aquí… pero ¿por qué? ¿qué hago aquí?. No puedo recordarlo. Ni siquiera recuerdo quién soy”.

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Un banco en el andén

Escrito por en Relatos

Allí estaba, sentado en el banco, balanceando mis cortas piernas, sin poder llegar al suelo, y mirando los zapatitos de charol con el nudo marinero que al salir de casa me había hecho mi madre con tanto cariño. La raya en el pelo, el trajecito de alpaca con los pantalones cortos, y la corbata que me había regalado la abuela para la ocasión… y el corazón; mi pequeño corazón que parecía latir cada vez más deprisa.

Pocos minutos antes, esos zapatitos habían pisado por primera vez una estación, y mi sueño de tantas y tantas noches estaba a punto de cumplirse. Era un niño, allí agarrado a la mano de mi madre, pero en mi cabeza se sucedían grandes aventuras; las mismas que mi padre me contaba noche tras noche sentado a la cabecera de mi cama. Y así, el sueño me vencía al compás de las bielas del tren, mientras una sucesión de estaciones entrañables, Alora, Bobadilla, La Roda, pasaban ante mis ojos entrecerrados.

Y es que desde muy pequeño mi padre me había sabido inculcar su pasión por los trenes. El mismo llevaba trabajando en la estación 22 años, y ahora, por fin, hacía mi primer viaje. Sería toda una noche sintiendo, vibrando, disfrutando, y seguramente sin dormir, en el Costa del Sol, hasta llegar a la estación de Atocha, allá, en la lejana Madrid. Y mientras mi padre hablaba con sus compañeros en las taquillas, mi madre, siempre atenta a nosotros, no paraba de darnos atenciones, enseñándonos las máquinas; señalándonos el continuo tráfico de gente; tan pronto sacando un sándwich de nocilla de la cestita de viandas que había preparado como permitiéndome chupar del mismo tubo de leche condensada La Lechera, cosa inaudita por cierto, porque nunca me lo permitía.

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