Lazos de amor eterno

Escrito por Javier en Relatos

Hoy

Esperaba ansioso que dieran las 7 de la mañana. Como cada día, desde hacía meses, Carlos se había escondido tras los rododendros para poder verla. Con las primeras luces mañaneras, dibujada su silueta contra la bahía de Málaga, en la Torre de la Vela, aparecería ella: su imagen soñada; la dueña de sus sentimientos.

No sabía de donde venía; ni quien era, ni siquiera cómo conseguía entrar en la Alcazaba cuando él aún ni había abierto. Pero parecía tan sola, tan triste…

Como un fantasma, la figura de la chica apareció de entre los setos. Con su habitual semblante frágil y dulce, encaminó sus pasos hacia la Torre, y allí, absorta, inconsciente de las miradas de Carlos, abrió el pequeño libro adornado con ribetes de oro y se puso a leer. Ese libro la acompañaba día tras día; parecía ser su único amigo; el único consuelo para una vida atormentada.

Carlos, tan tímido él, permanecía escondido, asustado de aquel primer contacto que tanto su corazón como su cuerpo le pedían. ¿Miedo? Realmente no sabía si era miedo a vencer su timidez o lo era a perder esa visión irreal; a perturbar su paz, a ser rechazado, a estropear el sueño de tantos meses… pero no podía estar eternamente así.

Aquella pequeña distancia que los separaba le parecía una inmensidad. Le pesaban las piernas, le temblaban las manos, pequeñas gotitas de sudor le perlaban la frente. Aún así, salió de su escondite y como en un sueño, sintió que sus pies se movían lentamente.

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Encuentro

Escrito por Carmen en Relatos

Llevaba ya mucho tiempo refugiándose en su casita del bosque. Ese lugar construido con cálida madera donde se escondía para pensar en cosas bonitas y endulzar la soledad de su alma.

Un día, unas palabras arrojadas al viento chocaron contra su puerta. Ella, sobresaltada, abrió y entonces dentro se colaron. Buscaban quien las recogiera, su dueño había perdido la esperanza y no quería ya sentirlas en su boca nunca más.

-¡Pobres palabras, con lo preciosas que sois! Poneos en mi boca, y yo os cuidaré… ¡Amor, pasión, romanticismo, devoción! ¡Que bellos sentimientos debe albergar quien os poseía y cuanto debe haber sufrido para querer olvidaros!

Y entonces decidió salir en su busca. No podía permitir que alguien tan bello por dentro sufriera de esa manera.

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Sucedió en un tren

Escrito por Javier en Relatos

Un tremendo dolor de cabeza martilleaba sus sienes, y aquel ruido machacón de las bielas del tren moviéndose frenéticamente no hacía sino empeorarlo. Abrió los ojos lentamente, pero no pudo enfocar claramente a su alrededor. Un flash, un dejavú lo asustó: luces de neón, rojas, verdes, azules; una paleta de colores que por un instante le cegó.

Con trabajo abrió la puerta de aquel compartimiento, y salió al pasillo del tren. Extrañado y con paso tambaleante, se dirigió hacia la ventanilla del pasillo, justo enfrente del compartimiento. Aparte del ruido de fuera, el interior estaba dominado por una calma extraña, un silencio casi sepulcral que le ponía los pelos de punta. Miró hacia la derecha, luego hacia la izquierda: nadie. Apoyado en el poyete de la ventanilla observó los cipreses que pasaban velozmente frente a la ventanilla y el anaranjado del cielo que se cernía abrumador sobre la línea del horizonte en aquel atardecer pesado.

Por un momento, incluso, allí a lo lejos, pareció ver cómo se alejaban las siluetas de los edificios de una gran ciudad, y entre ellos, asomando majestuosa, le pareció ver el corte puntiagudo de la Torre Eiffel.”¿París?”, pensó. “No, es imposible. Algo está mal. Creo que no debería estar aquí… pero ¿por qué? ¿qué hago aquí?. No puedo recordarlo. Ni siquiera recuerdo quién soy”.

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Un banco en el andén

Escrito por Javier en Relatos

Allí estaba, sentado en el banco, balanceando mis cortas piernas, sin poder llegar al suelo, y mirando los zapatitos de charol con el nudo marinero que al salir de casa me había hecho mi madre con tanto cariño. La raya en el pelo, el trajecito de alpaca con los pantalones cortos, y la corbata que me había regalado la abuela para la ocasión… y el corazón; mi pequeño corazón que parecía latir cada vez más deprisa.

Pocos minutos antes, esos zapatitos habían pisado por primera vez una estación, y mi sueño de tantas y tantas noches estaba a punto de cumplirse. Era un niño, allí agarrado a la mano de mi madre, pero en mi cabeza se sucedían grandes aventuras; las mismas que mi padre me contaba noche tras noche sentado a la cabecera de mi cama. Y así, el sueño me vencía al compás de las bielas del tren, mientras una sucesión de estaciones entrañables, Alora, Bobadilla, La Roda, pasaban ante mis ojos entrecerrados.

Y es que desde muy pequeño mi padre me había sabido inculcar su pasión por los trenes. El mismo llevaba trabajando en la estación 22 años, y ahora, por fin, hacía mi primer viaje. Sería toda una noche sintiendo, vibrando, disfrutando, y seguramente sin dormir, en el Costa del Sol, hasta llegar a la estación de Atocha, allá, en la lejana Madrid. Y mientras mi padre hablaba con sus compañeros en las taquillas, mi madre, siempre atenta a nosotros, no paraba de darnos atenciones, enseñándonos las máquinas; señalándonos el continuo tráfico de gente; tan pronto sacando un sándwich de nocilla de la cestita de viandas que había preparado como permitiéndome chupar del mismo tubo de leche condensada La Lechera, cosa inaudita por cierto, porque nunca me lo permitía.

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