Un banco en el andén

Escrito por Javier en Relatos

Allí estaba, sentado en el banco, balanceando mis cortas piernas, sin poder llegar al suelo, y mirando los zapatitos de charol con el nudo marinero que al salir de casa me había hecho mi madre con tanto cariño. La raya en el pelo, el trajecito de alpaca con los pantalones cortos, y la corbata que me había regalado la abuela para la ocasión… y el corazón; mi pequeño corazón que parecía latir cada vez más deprisa.

Pocos minutos antes, esos zapatitos habían pisado por primera vez una estación, y mi sueño de tantas y tantas noches estaba a punto de cumplirse. Era un niño, allí agarrado a la mano de mi madre, pero en mi cabeza se sucedían grandes aventuras; las mismas que mi padre me contaba noche tras noche sentado a la cabecera de mi cama. Y así, el sueño me vencía al compás de las bielas del tren, mientras una sucesión de estaciones entrañables, Alora, Bobadilla, La Roda, pasaban ante mis ojos entrecerrados.

Y es que desde muy pequeño mi padre me había sabido inculcar su pasión por los trenes. El mismo llevaba trabajando en la estación 22 años, y ahora, por fin, hacía mi primer viaje. Sería toda una noche sintiendo, vibrando, disfrutando, y seguramente sin dormir, en el Costa del Sol, hasta llegar a la estación de Atocha, allá, en la lejana Madrid. Y mientras mi padre hablaba con sus compañeros en las taquillas, mi madre, siempre atenta a nosotros, no paraba de darnos atenciones, enseñándonos las máquinas; señalándonos el continuo tráfico de gente; tan pronto sacando un sándwich de nocilla de la cestita de viandas que había preparado como permitiéndome chupar del mismo tubo de leche condensada La Lechera, cosa inaudita por cierto, porque nunca me lo permitía.

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